jueves 13 de febrero de 2020
‘Influencers’ veteranos que conquistan las redes sociales

Cada vez son más los escritores y famosos que se aventuran a usar las redes y sacudirse de los polvos de la intelectualidad que, en ocasiones, rodean a su profesión. No importa la edad, autores de todas las generaciones usan estas plataformas con fines diferentes a la promoción de sus obras.

Margo Glantz (90 años, México) es una gran bailarina de rock. La prueba está en su cuenta de Twitter, con un video que tiene más de 100.000 reproducciones en el que la escritora mexicana celebraba su cumpleaños con un grupo de amigos. 

“A veces Twitter puede ser excesivamente visible y sorprendente, el impudor para exhibir la intimidad me sorprende. Impudor en el que quizá caigo”. “Lo entendí como un medio creativo y como la posibilidad de expresar en breve frases, ideas que se me ocurren y no tienen cabida en otro sitio”, reconoce la autora que suma más de 47.000 seguidores y 54.000 tuits desde que inauguró su cuenta en marzo de 2011.

Glantz, además de mostrar sus pasos de rock, recurre también a las redes sociales para ejercitar la ironía y el humor. Para comentar, dice, “lo que le parece fundamental del acontecer diario”. De esta manera, su cuenta de Twitter no es solo una herramienta de trabajo, es también una ventana por la que asomarse al mundo y, al revés, un escaparate por el que el mundo (sus lectores y potenciales lectores) pueden verla.

Héctor Abad Faciolince (62 años, Colombia). “Fue por amor al aforismo”, confiesa el autor de Lo que fue presente (Alfaguara), “después me di cuenta de que, como periodista en Twitter podía (si escogía las páginas adecuadas) tener acceso rápido a las noticias”. En sus primeros años de tuitero, a mediados de la primera década de 2000, llegó a tener dos cuentas, una más personal, otra donde empezó a escribir una novela que nunca concluyó. 

En ese camino descubrió, en sus propias palabras, “la faceta más sucia y política de Twitter: vinieron los trolls, los insultos, las amenazas, los ataques en gavilla... Es lo que más caracteriza hoy a esta red, y por eso me impuse largas cuarentenas, ayunos higiénicos”, explica. Ya no tiene la aplicación en su teléfono: “Es una red social que puede ser luciferina, malévola y adictiva. Hay que tratarla como una droga dura”.

Mary Beard (65 años, Gran Bretaña). La catedrática especializada en estudios clásicos mantiene un ritmo acelerado de tuits a través de los que comparte su trabajo e información sobre descubrimientos que hasta hace pocos años sólo hallaba en conferencias. 

“Es una gran vía de conectar con los lectores, de saber qué les interesa”, argumenta la autora de Mujeres y poder (Crítica) con casi medio millón de seguidores, “incluso de compartir con ellos el proceso de creación y sentir una gran cercanía”.

Para encontrar esa sensación de tranquilidad y cercanía que describe Beard, Abad Faciolince se fue a Instagram, “una red mucho más tranquila, amigable, familiar”. Es decir, el lugar en el que comparte imágenes más íntimas y personales. 

Chimamanda Ngozi Adichie (42 años, Nigeria). Sus seguidores (casi medio millón) identifican las preferencias de la escritora de Americanah (Random House) por la ropa de colores llamativos, reconocen a sus padres y están al día de la última conferencia que ha dado en alguna esquina del planeta.

Ngozi dejó en manos de sus sobrinas su cuenta. Su objetivo desde 2017 es promocionar la moda de Nigeria. Pero, según explicó en una tribuna en el Financial Times, sus fotos no pasaban el filtro que exigían sus sobrinas así que confió en su criterio milenial y ella se limita a ejercer de modelo en un ejercicio casi de egoblogger (cuentas cuyos protagonistas posan para promocionar ropa y complementos).

“Los ojos de mis sobrinas están condicionados por el estilo de las redes sociales”, narró en la publicación económica.

Paulo Coelho (73 años, Brasil) ha interiorizado los códigos de Instagram de otra manera. Su cuenta (más de dos millones de seguidores) es una sucesión de fotos de familia y frases inspiracionales -en la línea de su literatura- bien producidas. Es decir, acompañadas de diseños que hagan imposible no darle a compartir porque apelan directamente a las emociones -las buenas-.


Adaptado de: www.elpais.com/cultura/2020/02/12


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