viernes 27 de marzo de 2020
3 motivos de cómo el COVID-19 transformará la economía de las experiencias

¿Qué futuro le depara a una economía totalmente a merced de las experiencias en la vida real en un momento en que ciudades y países enteros están abocados al confinamiento?

El presente no es halagüeño para la economía de la experiencias, que se ha quedado inevitablemente "congelada" como consecuencia de la pandemia del COVID-19, pero el futuro que le aguarda por delante a esta disciplina puede ser realmente esplendoroso. 

Martin Schnaack, en un artículo para Horizont, presenta 3 motivos de cómo el COVID-19 transformará la economía de las experiencias:

1. El coronavirus intensifica el anhelo de experiencias reales

El ser humano es profundamente social y no solo necesita comida y toneladas de papel higiénico para sobrevivir sino también contacto interpersonal, intercambios con los demás y experiencias comunitarias que vayan más allá de su diminuto espacio vital, ese que constituye su hogar.

La reclusión entre las cuatro paredes de nuestro hogar, esa a la que nos ha forzado la pandemia, es solo una suerte de "ayuno social" y cuando lo concluyamos, tendremos más apetito de experiencias y añadiremos más sensibilidad a la ecuación.

Al mismo tiempo en que las grandes experiencias colectivas de nuestro tiempo, como festivales, eventos deportivos y conciertos, han sido canceladas o postergadas, crece la importancia de las experiencias en la unidad social más minúscula: aquella que constituyen nuestros seres queridos.

Liberados de las carreras del trabajo, mucha gente vuelve a agarrar el teléfono para mantener largas conversaciones, esas que hasta hace poco habían reemplazado los mensajes enviados a través de WhatsApp.

Las experiencias colectivas no han muerto como consecuencia del coronavirus. Simplemente han migrado a las plataformas digitales, que alientan la cercanía entre las personas en momentos en los que la distancia social es absolutamente imperativa.

2. El COVID-19 se traduce en nuevo sentido de experiencia

La crisis planta la semilla de una nueva solidaridad, la desplegada, por ejemplo, con los mayores, aquellos que son más vulnerables precisamente a los efectos de la pandemia. Somos además más solidarios con el personal sanitario, con las fuerzas del orden, con los trabajadores de los supermercados y con los transportistas que trabajan contrarreloj para que no nos falten artículos de primera necesidad en las tiendas.

En esta nueva situación ha emergido un nuevo sentido de la responsabilidad y de la cohesión. Y esto tendrá un efecto extraordinariamente duradero en la economía de las experiencias, unas experiencias que ya no consumiremos como si fueran "fast food" sino de manera mucho más selectiva a la vez que profunda.

Cuando hayamos dejado atrás la crisis, las experiencias al consumidor deberán contar con un verdadero valor añadido para convencerle de abandonar la seguridad de su hogar.

Los retailers tendrán que reinventarse para que después de una fase de privación del consumo la gente quiera realmente regresar a las tiendas. Al fin y al cabo, el consumidor habrá descubierto durante la cuarentena (si acaso no lo sabía ya antes) que todo, absolutamente todo, puede comprarse en internet. El punto de venta físico deberá enarbolar la bandera de la experiencia para seguir siendo relevante.

3. El coronavirus acelera la transformación digital

La crisis nos ha obligado a quedarnos en casa y nos hemos arrojado en brazos del e-commerce, de los servicios de "delivery", de las plataformas de video en streaming e incluso del bricolaje.

Además, otorgamos un nuevo valor a las redes locales, aquellas que se tejen a través del "home office" y los balcones rebosantes de aplausos.

Los fabricantes locales ganan en relevancia con la cadena global de suministros ininterrumpida y las videconferencias reemplazan los viajes de negocios. La crisis del coronavirus se ha convertido en realidad en catalizador de la sostenibildad.

Acosado por el coronavirus, el universo de los negocios saca a relucir más que nunca sus propias debilidades. Pero aquellas empresas que ya tienen incrustada la comunidad en su ADN están mejor posicionadas para afrontar la crisis (tanto offline como online). 

Las compañías están más obligadas que nunca a tender puentes entre el mundo real y el mundo virtual (y viceversa). Y una vez tendidos tales puentes, la transformación digital cubrirá todos los focos en la economía de las experiencias.


Adaptado de: https://www.marketingdirecto.com


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